sábado, 2 de julio de 2011

Visita a la Casa de las Chimeneas y a la recién inaugurada Casa de las Doñas. Valle de la Vega, Liébana, Picos de Europa.

En todas las disciplinas que tratan sobre el patrimonio, en arqueología e historia, en etnografía, en restauración, en museología etc… se habla de dos conceptos que son distintos entre sí pero que se complementan: El patrimonio material y el inmaterial.
El primero, si se conserva, guarda información del segundo y el segundo, en ocasiones, nos hace poder reconstruir algunos objetos o instrumentos que no han llegado hasta nosotros, y se les conoce por relatos, historias o costumbres.
La gran revolución neolítica llegó desde sus orígenes hasta el siglo XIX prácticamente sin modificaciones en algunos lugares del mundo. Y esto lo podemos comprobar cuando visitamos un museo etnográfico de alguna zona recóndita de montaña.
La gente apegada al campo, prácticamente no cambió ni las costumbres ni las tradiciones asociadas a los usos de ciertos materiales en las labores estacionales, y por ello, estas costumbres que todavía sobreviven en estos lugares tan inaccesibles han ayudado en muchas ocasiones a los arqueólogos a comprender para qué servía y cómo se utilizaban muchos artefactos extraños que han sido encontrados en estratos de 6000 años de antigüedad.


Los “museos etnográficos” se han multiplicado en las zonas rurales y en muchas ocasiones nos enseñan, colgadas de las paredes y descontextualizados, aperos de labranza, herramientas de oficios rústicos, o el utillaje de las cocinas, sin mucho criterio, más como una cuestión romántica, que con una auténtica voluntad científica o conservacionista. Porque estos instrumentos pierden su interés en cuanto los separamos de los usos y costumbres que permitían realizarlos (el patrimonio inmaterial) y que los ponían al servicio de otro trabajo, ya que no son artísticos y no tienen valor en sí mismos (sólo algunos objetos artísticos, dentro de las disciplinas del “hacer”, se puede permitir el lujo de ser autónomos de su contexto cultural e histórico, lo que se suele entender con la frase “el arte por el arte”).
En una reciente visita que hemos hecho a nuestros amigos Tony Bastian y Lucía Ibáñez Mier de “La Casa de las Chimeneas”, en Tudes, nos han sugerido que viésemos “La casa de las Doñas”, de Enterrías”, acompañados por Eva María Bolado, directora del proyecto.
Restaurada por la Asociación Hábitat Terrazgo y Monte, este conjunto etnográfico es una casa de campo detenida en el tiempo, y en ello reside su acierto: los objetos están en su sitio, (el jabón al lado del aguamanil, las cerillas al lado de la lámpara de parafina…), Se explica la vida de estas personas del siglo XIX y principios del XX sin necesidad de carteles explicativos, sino viendo su vida cotidiana como en una instantánea, ya que están las camas hechas, la mesa puesta, los vestidos en la habitación de la costurera… Los objetos se encuentran en su contexto y hablan de costumbres desaparecidas, de ése patrimonio inmaterial del que hablábamos antes, al que deben estar relacionados para cumplir su cometido didáctico.

Os dejo aquí unas fotos para que os animéis a visitarla.




He hablado de lo inaccesibles que son estos pueblos de montaña, en los que se han conservado tantas costumbres “neolíticas”, pero, por otro lado, y rompiendo los tópicos del cerrado montañés, en ésta misma casa, parte de la familia se fue a Cuba (fue muy habitual el contacto de toda esta zona con varios países americanos) y se conservan recuerdos de la mutua correspondencia de la familia: cartas, sacos y baúles que venían de Cuba, e incluso una botella de ron, que se conserva estupendamente.